El papel de los intelectuales en la construcción del nuevo régimen – Víctor Alejandro Rosales García.

El estadista debe conocer el bien de un estado del mismo modo que el
médico conoce la salud, y de modo semejante debe entender cómo 
operan las causas que la perturba o que la mantienen.
Sólo el conocimiento diferencia al estadista verdadero del falso,
como sólo el conocimiento diferencia al médico del matasanos.
Platón, La República

Desde hace por lo menos 25 siglos, la filosofía política se ha preguntado ¿Cuál es la mejor forma de gobierno y quiénes deben gobernar? Uno de los primeros en responder a esta interrogante, y del cual existe registro, fue Platón. Este filósofo griego estableció una tipología de las formas de gobierno buenas y malas y que se correspondían de la siguiente manera: monarquía-tiranía; aristocracia-oligarquía; democracia-demagogia.

Platón estableció en su libro La República, que la sociedad se dividía en tres estamentos o clases: los esclavos dedicados a los trabajos manuales; los guerreros dedicados a la defensa de la Ciudad Estado y; el filósofo rey. A quien según Platón, le correspondía el deber de gobernar. La razón es fácil de entender, el filósofo era el único con suficiente conocimiento y razón para entender y llevar las riendas de los asuntos públicos. De acuerdo a este autor, los filósofos estaban social e intelectualmente predestinados para gobernar, y por ello, es a quien correspondía llevar las riendas de los asuntos públicos.

Con el trascurrir del tiempo, otros pensadores escribieron sobre las formas de gobierno, pero básicamente seguían siendo las mismas con algunas variantes que se plantearon en la antigua Grecia. Nombres como el de Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Hobbes, Montesquieu, Rousseau, Locke, Hegel, entre muchos otros, desarrollaron teorías de las formas de gobierno y sobre quién debe gobernar: uno solo, unos pocos o la mayoría, y las razones para que así sea.

No vamos a discutir sobre cuál es la mejor forma de gobierno, sobre esto ya se ha escrito mucho. Para quienes creemos en el proyecto de transformación que comenzó Andrés Manuel López Obrador hace más de tres décadas, la república democrática donde el pueblo es quien manda y los gobernantes quienes obedecen y ejecutan la voluntad popular, es la forma de gobierno que estamos construyendo.

En palabras del Dr. Enrique Dussel, podemos decir que construir una república democrática donde sea el pueblo quien decida es una cuestión de principios, ya que:

“Los principios políticos son, por otra parte, principios intrínsecos y constitutivos de la potentia (el poder de la comunidad) y también de la potestas (del ejercicio delegado del poder), ya que cada determinación del poder es fruto de una obligación política que impera como deber a los actores en sus acciones y en el cumplimiento de la función de las instituciones. Los principios políticos constituyen, fortalecen y regeneran por dentro, obligando a los agentes, a afirmar la voluntad de vida, en el consenso factible de toda la comunidad, en sus acciones en vista de la hegemonía (como poder obediencial) y alentando el cumplimiento de las tareas de cada esfera institucional (material, formal de legitimidad y de factibilidad eficaz)”[1].

 

Ahora bien, surge la interrogante ¿Quién o quienes construyen teórica e ideológicamente los pilares de la denominada Cuarta Transformación? Es obvio que el primero en delinear la ideología y dar sustento teórico al que en su momento se denominó el Proyecto Alternativo de Nación, fue AMLO. Sin embargo, debe haber más personas encargadas de seguir dando estructura teórica y filosófica al proyecto de transformación que pretende construir un nuevo régimen.

Estas personas comúnmente suelen ser llamadas “intelectuales”. No vamos a entrar en debate sobre lo que es o no es un intelectual, sólo asumamos de forma general que un intelectual es aquella persona que construye conceptos y categorías de análisis que buscan dar sentido y explicación a sucesos políticos de una realidad concreta. Es por ello que para consolidar una transformación de la envergadura que estamos buscando, se requieren miles de esos intelectuales dentro del movimiento de regeneración nacional, pero no sólo que se dediquen a teorizar y a filosofar, sino que también sean actores políticos que conozcan los fenómenos que tratan de explicar, es decir, personas que combinen la teoría con la praxis para transformar la realidad. Los intelectuales de la Cuarta Transformación, deben estar por la defensa de la emancipación, la igualdad y la justicia del pueblo por medio del pensamiento crítico. “La praxis ocupa el lugar central de la filosofía que se concibe a sí misma no sólo como interpretación del mundo, sino como elemento del proceso de transformación”, señala Adolfo Sánchez Vázquez. .

Contrario a lo que muchas veces se piensa sobre la “neutralidad” de los intelectuales, debemos ser claros que dicha objetividad no existe, por más que muchos, sobre todo académicos y periodistas, lo proclamen. Siempre hay intereses de clase, de grupo, de facción o de cualesquier otra índole, que defienden sus creencias o simplemente sus intereses económicos, y que echan mano de la ideología y de medios de comunicación para difundir y justificar de forma abierta o velada, sus ideas y defender sus privilegios; estos son grupos de presión que han perdido fuerza, pero que siguen agazapados a la espera de una oportunidad para regresar por sus fueros. Lo mismo sucede con los intelectuales orgánicos del movimiento de regeneración nacional; no podemos tener neutralidad, la diferencia es que nosotros estamos por la defensa de un proyecto de profunda transformación de la sociedad en un sentido de libertad, justicia, democracia y respeto de los derechos humanos. Luchamos en contra de la corrupción, la impunidad y de ver al aparato público como botín para ser repartido entre élites políticas y económicas. Nuestro ideario es la justicia social, terminar con los privilegios de unos cuantos y que el pueblo tenga acceso a la toma de decisiones, a la salud, a la educación y a los servicios públicos de calidad y que garanticen el bienestar.

Ahora bien, es necesario recordar que para el intelectual (y en general para cualquier militante o simpatizante del movimiento de regeneración nacional), la praxis política (la acción transformadora de la sociedad) debe ser vista como un noble oficio y como una vocación de servicio. Es decir, es necesario comprender que se vive “para” la política o se vive “de” la política.

El intelectual orgánico convertido en político profesional o en servidor público de la Cuarta Transformación, debe tener funciones organizativas en el campo político, económico, social, cultural y/o administrativo, y debe vivir en la justa medianía juarista. Esto es, con un salario suficiente para vivir bien y con dignidad, sin lujos pero con lo suficiente para tener una vida cómoda y decorosa. Con esto lo que buscamos que se entienda es que el intelectual de la Cuarta Transformación no sólo es aquella persona que genera ideas, teoriza y desarrolla conceptos para el análisis, sino también todo aquel que orgánicamente está ligado a una estructura política como un sindicato de profesores, por ejemplo, y que forman parte de un bloque histórico en el poder que tiene pretensión de ser hegemónico.

Para conseguir esto, se requiere de una formación política sólida y una enorme politización. Ambas se consiguen por dos vías: el estudio concienzudo y la práctica cotidiana de actos políticos tales como debates, deliberaciones, mítines, asambleas, marchas, manifestaciones, reuniones, organización sectorial y en los casos más extremos, plantones, bloqueos y huelgas como mecanismos de presión, los cuales pueden llegar al sabotaje y al boicot. Toda esta participación activa permite la formación de cuadros políticos que a la par, requieren de formación intelectual para proyectar planes, programas, manifiestos y demás documentos que se redactan para exigir el cumplimiento de ciertas demandas.

Sumado a lo anterior, es indispensable que los intelectuales, cuadros políticos, militantes y simpatizantes de la Cuarta Transformación, poseamos un conjunto de características comunes como organizar, movilizar, comunicar y educar, así como cualidades indispensables para hacer política desde la izquierda: 1) actuar políticamente con apertura y sin la miopía burocrática que ha caracterizado a la izquierda por mucho tiempo y; 2) hacer política desde abajo, recorriendo las plazas públicas, las colonias, los barrios y las unidades habitacionales para escuchar al pueblo y con ello, construir agenda política y tener el pulso exacto de lo que la gente piensa y siente. Aquí no cabe la “regla de las reacciones anticipadas”[2].

Finalmente podemos decir que el papel de los intelectuales de la Cuarta Transformación es de educadores, formadores, organizadores y comunicadores. Se debe tener el firme compromiso de educar y politizar a las y los compañeros para formarlos políticamente y que alcancen un mejor nivel de conocimiento, debate y propuesta. Debemos ser responsables en el movimiento y en el partido, de organizar comités de defensa del proyecto de construcción del Estado de Bienestar que plantea el Presidente Andrés Manuel López Obrador, así como de la Cuarta Transformación y todo lo que significa como proyecto de alternativa radical de la forma de organización social, política y económica. De igual manera, debemos construir alternativas para cambiar las leyes, las instituciones, las ideas, las costumbres y los hábitos del pueblo y, si es posible, de las élites.

[1] Dussel, Enrique. 20 Tesis de Política, Editorial Siglo XX, México, 2006, p. 71.
[2]En una discusión sobre la propensión de los dirigentes a adaptarse a los deseos de sus partidarios, no se puede olvidar lo que Carl Friedrich atinadamente denominó “regla de las reacciones anticipadas”. Cuando faltan el tiempo o los medios técnicos para precisar cuáles son los deseos de los partidarios o cuando estos deseos no han cristalizado, la conducta de los dirigentes se ha guiado por una intuición que permite tener idea de la dirección y de la fuerza de las opiniones de las masas”. Linz, Juan J. Michels y su contribución a la sociología política, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, pp. 96-97.

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