Riesgos para la consolidación de la cuarta transformación – Víctor Alejandro Rosales García

Si bien es cierto se pueden identificar múltiples desafíos, es preciso decir que el mayor peligro que aquí identificamos es la falta de consistencia y congruencia entre naturaleza y principio republicano-democrático. Podemos decir de acuerdo con Tocqueville que “(…) en un gobierno en el que se implanten una legalidad y una organización de “naturaleza” democrática, pero que se carezca del “principio” democrático de la “virtud popular”, las normas jurídicas seguirán siendo letra muerta y las instituciones se deformarán hasta ceder de nuevo a la amenaza del despotismo”[1]. En este mismo sentido, Montesquieu afirma que “(…) hay esta diferencia entre la naturaleza del gobierno y su principio: que su naturaleza es lo que le hace ser y su principio lo que le hace obrar. La primera es su estructura particular; el segundo las pasiones humanas que los mueven”[2].

 

Ambas reflexiones, nos dan pauta para explicar la razón para pensar que la falta de congruencia es el mayor peligro para el proyecto institucional que estamos construyendo en la Cuarta Transformación. Si la naturaleza del gobierno es la estructura organizacional de sus instituciones y los preceptos que defienden sus leyes, y su principio es su espíritu, el alma que le da vida al gobierno, es lógico pensar que para que un Estado y su forma de gobierno perdure en el tiempo, debe existir un vínculo estrecho entre naturaleza y principio; entre instituciones y los principios que éstas defienden.

 

En el caso que nos ocupa, podemos afirmar que la forma en que el proyecto de la Cuarta Transformación pretende organizar a las instituciones del Estado mexicano es bajo la forma de una república democrática, nacionalista y popular; ahora bien, los principios que deben guiar esta construcción institucional son en primer lugar la virtud cívica, la honradez y el combate a la corrupción, la austeridad, la participación del pueblo, la política como una vocación de servicio público, la honestidad, el patriotismo, el colectivismo, el humanismo. Aquí es donde debe existir la fusión entre naturaleza y principios. Es por ello que es indispensable construir nuevas instituciones y nuevas leyes que le den sustento y vida a la Cuarta Transformación, sin eso, seguirá siendo simulación y estará destinada al fracaso.

 

Hasta ahora en México no ha existido dicha amalgama. Si bien en el papel nuestra Constitución dice en su artículo 40 que somos una república representativa, democrática, laica y federal, en los hechos la realidad es distinta.

 

Durante años nos hicieron creer que éramos una república con división de poderes, sin embargo, el Legislativo y el Judicial siempre habían estado supeditados al Ejecutivo; existió la representación política en los diferentes órdenes de gobierno y en los poderes legislativos, tanto el federal como los locales, pero esa representación estaba en manos de una élite política y económica que han dejado al pueblo sin representantes reales o con muy pocos. Hemos sido una democracia elitista donde el pueblo sólo pone los votos en las urnas (y casi nunca se ha respetado el sufragio), pero no elige de entre los suyos a quienes quiere que lo representen en las estructuras del poder político donde se toman las decisiones. En el papel ha existido la separación entre la Iglesia y el Estado, en los hechos la Iglesia Católica ha jugado un papel muy importante en la vida política y económica de nuestro país. Somos una federación centralista (suena a contradicción, pero en los hechos no lo es) con entidades federativas que dependen casi al 100% del gobierno federal. En fin, podemos señalar muchas de estas contradicciones, pero lo que queremos resaltar es que esas inconsistencias son lo causa fundamental de lo que se plasma en los papeles y lo que pasa en los hechos, es decir, no ha habido vínculo entre la naturaleza y el principio; hemos sido un país de esquizofrenia gubernamental que ha disociado lo que se ha dicho en el discurso y lo que se ha hecho en la realidad.

 

¿ES MORENA EL PARTIDO DE LA CUARTA TRANSFORMACIÓN?

Empezaremos el presente apartado con una referencia que consideramos muy reveladora de lo que ocurre en el movimiento de regeneración nacional. Habemos quienes creemos que la trasformación de México tiene que ser profunda, emancipadora y arrancar de raíz las malas prácticas del antiguo régimen, por otro lado, “hay izquierdistas, en el sentido descriptivo del término, que no son en absoluto portadores de ninguna aspiración de emancipación. No cabe absolutamente ninguna duda de que esto es fuente de una crisis de identidad profunda y a veces trágica de la izquierda; todos los izquierdistas con sensibilidad moral encuentran muy difícil convivir con ella. También es fuente de una cantidad de dificultades prácticas en relación con las coaliciones, las cooperaciones y las alianzas”[3].

 

Después de leer esta cita, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que el primer gran desafío que podemos señalar de la Cuarta Transformación, es el movimiento de regeneración nacional. Y representa un gran reto de acuerdo a Armando Bartra porque, la experiencia latinoamericana demuestra que sin el acompañamiento de los partidos que los llevaron al poder los gobiernos progresistas resisten mal las tormentas político sociales y en la de malas zozobran (…) Y si no hay organismos políticos fuertes y consecuentes que conduzcan el proceso las derechas regresan mediante golpes duros, golpes blandos, secuestro de los partidos progresistas o elecciones. A esto nos referimos cuando planteamos que Morena representa un desafío para la transformación radical de México. Puede ser la vanguardia de transformación progresista y la piedra angular en la que se apoye el Presidente, o puede convertirse en un lastre a causa de los conflictos internos. Eso dependerá de qué pese más entre los órganos internos como el Consejo Nacional y el Comité Ejecutivo Nacional de Morena, los principios y la idea de transformación profunda del régimen político o el deseo de cargos para obtener provecho personal y fortalecer a las facciones internas (cabe decir que el Estatuto de Morena las prohíbe explícitamente en el artículo 3° y, sin embargo, parece que se han llegado a formar dentro del partido).

 

Para construir esta transformación progresista, el general debe tener un ejército leal, disciplinado y que entienda a la perfección las tácticas y estrategias que su comandante ha de implementar. ¿Es Morena ese ejército para el Presidente? ¿O se ha convertido en una estructura vacía y sin rumbo ni propuesta programática? ¿El alejamiento del Presidente con el partido que él fundó, es signo de ruptura? Surgen muchas interrogantes, y pocas respuestas que nos satisfagan.

 

Apegado a su congruencia, integridad y calidad moral, el Presidente ha planteado contundentemente su distanciamiento de Morena porque no quiere que haya partido de Estado como lo fue el Partido Revolucionario Institucional por muchos años, es por ello que deja que Morena desarrolle su vida interna de forma autónoma, sin el tutelaje del Ejecutivo. El Presidente cree que el pueblo es lo suficientemente maduro para tomar decisiones sobre los asuntos públicos, de igual manera debe pensar que los integrantes del movimiento que lo llevó a la Presidencia, deben construir una cultura política democrática, y por ello es que no se mete en las decisiones del partido. Es por eso que ha dejado de ser el “gran elector” y de aplicar las facultades metaconstitucionales características del presidencialismo mexicano[4] y que, sus antecesores implementaron con total discrecionalidad y sin el menor recato. Eso habla de que AMLO es un demócrata, lo preocupante del asunto es que muchos de sus más acérrimos seguidores no lo sean y pidan a gritos su intervención en el partido para poner orden en la rebatinga que se ha desatado por los cargos.

 

Con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, era de esperarse que muchos de los mejores cuadros políticos de movimiento acompañaran al Presidente al gobierno. Sin embargo, Morena como partido se quedó hecho un caos y lo que permaneció fue una estructura vacía sin programa y sin dirección; había cumplido su cometido como maquinaria electoral: llevar a AMLO a Palacio Nacional. Con esto, comenzaron los pleitos y las descalificaciones, las acusaciones de oportunismo, de corrupción, de arribismo y de no ser un auténtico militante de izquierda, comprometido con “la causa”.

 

El movimiento de regeneración nacional se define a sí mismo en su Declaración de Principios como una organización política amplia, plural, incluyente y de izquierda. Sin embargo, ¿qué significa ser de izquierda y esto cómo contribuye a consolidar la Cuarta Transformación? Sin entrar en debates teóricos sobre lo que significa ser de izquierda, diremos que Morena no es de centro-izquierda ni es un partido humanista, Morena es de izquierda y punto; sin adjetivos. Para el presente texto, ser de izquierda significa actuar para transformar la realidad que consideramos injusta; pelear por las causas sociales y progresistas que le importan al pueblo, entendiendo por pueblo no la totalidad de la población de un Estado, sino como el bloque social de los oprimidos. Morena al ser un partido de izquierda, está obligado a actuar de forma ética, sin pragmatismo utilitario para ganar posiciones, sino para construir un programa nacionalista y popular e implementarlo por medio de las instituciones estatales. Es por ello que el movimiento de regeneración nacional, debe contribuir con la construcción de un nuevo régimen político republicano, democrático y popular, donde se apliquen en los hechos los principios de afirmación de la vida, la participación y la factibilidad. Debe apoyar al gobierno federal en la construcción del tan ansiado Estado de Bienestar, de justicia social y de aplicación de las normas jurídicas de forma imparcial para terminar con la corrupción y la impunidad.

 

Si el movimiento de regeneración nacional no puede estar a la altura de las circunstancias que la Cuarta Transformación demanda[5], se perderá la oportunidad de pasar a la historia no sólo como la época donde se erradicó la corrupción, sino como el momento histórico donde culminaron múltiples luchas sociales. Además, si Morena no es capaz de regenerarse a sí mismo como movimiento y sobre todo como partido para formar nuevos cuadros políticos capaces de dar continuidad al proyecto de AMLO, corremos el riesgo de una regresión fascista y autoritaria de la derecha como ha ocurrido recientemente en países como Brasil, Bolivia y Ecuador. Es por ello que es fundamental lo que el Presidente denomina la revolución de las conciencias, que en pocas palabras puede describirse como una nueva cultura política republicana y democrática, donde las virtudes cívicas y la participación ciudadana son su sello distintivo.

 

¿LA DERECHA REPRESENTA UN VERDADERO DESAFÍO?

 

Este apartado comienza con otra cita que nos dará pauta para desarrollar la idea central: ¿es golpista la derecha en México?

 

“Una de las constantes de la mentalidad de derecha es la creencia de que el hombre es intrínsecamente malo e imperfectible (…) y esta noción de imperfectibilidad del hombre a la sociedad en su conjunto impide fijarse la meta política de instauración de un orden social auténticamente justo (…) A la izquierda, la concepción del hombre es diferente. Descansa no sólo en la idea de que el hombre, naturalmente bueno, es corrompido por la sociedad y de que hay que enderezar a la sociedad para enmendar al hombre, sino también en la convicción de que es posible edificar una sociedad armoniosa y justa”[6].

 

Haciendo eco de la referencia que acabamos de leer, podemos decir que para la derecha las injusticias son algo “natural” porque el ser humano es malo por naturaleza, casi se podría decir que son mandato divino, que Dios nos hizo así y que por lo tanto no hay nada que hacer, ya que no podemos contradecir la voluntad Divina[7]. Sin embargo, para quienes creemos que las injusticias no son por cuestiones naturales, sino que son producto de las relaciones sociales y de producción económica, y por ello podemos afirmar que son susceptibles de ser transformadas. Al ser las injusticias sociales algo artificial construido por los seres humanos, podemos eliminarlas a través de la praxis.

 

Si la derecha cree que no es posible edificar un orden social auténticamente justo, cualquier propuesta que se haga por construir una sociedad donde haya justicia social entendida como eliminación de la pobreza, igualdad de oportunidades para que mejoren las condiciones de vida del pueblo, pues será considerada como una aberración, ya que, para la derecha, y sobre todo para los neoliberales, es indispensable que haya privilegios para unos cuantos en detrimento de la mayoría.

 

Siguiendo con esta idea, en México con la victoria de Andrés Manuel López Obrador y su firme convicción de construir un nuevo régimen donde se acaben los privilegios, donde los que más tienen aporten más al erario para que los que menos poseen sean beneficiados y, que haya oportunidad de ascenso social a través del empleo bien remunerado y el bienestar para los más desprotegidos, significa casi una afrenta, una desviación del proyecto egoísta y de individualismo exacerbado que representa en neoliberalismo. Para esa derecha conservadora, la idea de ayudar a los pobres no es factible. Lo viable para ellos es que todos seamos “emprendedores” y que tengamos un “changarro” que nos envíe directo a los sótanos de la economía neoliberal, mientras las grandes empresas se siguen haciendo más ricas y las clases altas, siguen gozando de privilegios impensables para el pueblo.

 

Esta derecha privilegiada dice que no se debe dar a los pobres, que lo que se debe hacer es “enseñarlos a pescar”. Lo que no nos dicen, es que el océano en el que quieren que pesquemos, está infestado de depredadores marinos y de barcos mercantes que ya han acaparado toda la riqueza, y que lo único que podríamos pescar con grandes esfuerzos y sacrifico, son pequeños peces que apenas si nos dieran para mal vivir. Esa es la idea de la derecha de ayudar a los pobres.

 

Ahora bien, ¿cómo es que la derecha conservadora pretende detener el avance que está logrando el Presidente? El recuento sería largo de describir, sin embargo, podemos echar mano de la teoría de los golpes blandos para identificar los comportamientos que tiene la derecha golpista para sabotear el trabajo que está realizando el gobierno federal mexicano.

 

Para empezar, podemos definir los golpes blandos como una especie de guerra de baja intensidad que busca desacreditar al gobierno por medio de mentiras, de calumnias y de verdades a medias tergiversadas para dar una apariencia de caos total en el país. Para ello, echan mano de los medios de comunicación tradicionales que están descontentos por habérseles retirado el patrocino gubernamental, y acusan de coartar la libertad de expresión en contra de aquellos medios y periodistas que se dicen “críticos” del sistema. Su intención es provocar un malestar generalizado entre la población para exigir la renuncia del titular del Ejecutivo, acusándolo de autoritario y de encabezar una dictadura represiva.

 

La implementación del golpe blando se divide en 5 etapas que a continuación se describen[8]:

 

1ra etapa: ablandamiento (empleando la guerra de IV generación)

  • Desarrollo de matrices de opinión centradas en déficit real o potenciales.
  • Cabalgamiento de los conflictos y promoción del descontento.
  • Promoción de factores de malestar, entre los que destacan: desabastecimiento, criminalidad e inseguridad.
  • Denuncias de corrupción, promoción de intrigas sectarias y fractura de la unidad.

2da etapa: deslegitimación

  • Manipulación de los prejuicios anti-comunistas o anti-populistas.
  • Impulso de campañas publicitarias en defensa de la libertad de prensa, derechos humanos y libertades públicas.
  • Acusaciones de totalitarismo y pensamiento único.
  • Fractura ético-política.

3ra etapa: calentamiento de calle

  • Fomento de la movilización de calle.
  • Elaboración de una plataforma de lucha que globalice las demandas políticas y sociales.
  • Generalización de todo tipo de protestas, exponenciando fallas y errores gubernamentales.
  • Organización de manifestaciones, trancas y tomas de instituciones públicas (no respeto a las instituciones) que radicalicen la confrontación

4ta etapa: combinación de diversas formas de lucha

  • Organización de marchas y tomas de instituciones emblemáticas, con el objeto de coparlas y convertirlas en plataforma publicitaria.
  • Desarrollo de operaciones de guerra psicológica y acciones armadas para justificar medidas represivas y crear un clima de ingobernabilidad.
  • Impulso de campaña de rumores entre fuerzas militares y tratar de desmoralizar los organismos de seguridad

5ta etapa: fractura institucional

  • Sobre la base de las acciones callejeras, tomas de instituciones y pronunciamiento militares, se obliga la renuncia del presidente.
  • En casos de fracasos, se mantiene la presión de calle y se migra hacia la resistencia armada.
  • Preparación del terreno para una intervención militar o el desarrollo de una guerra civil prolongada.
  • Promoción del aislamiento internacional y el cerco económico.

Dicho lo anterior ¿Podemos acusar a la derecha mexicana como golpista? Sin Lugar a dudas afirmamos que sí, sobre todo a la extrema derecha que es ultraconservadora y que echa mano de símbolos religiosos como método de legitimación y persuasión. Lo cual no excluye de ninguna manera a la derecha institucional agrupada en partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, grupos empresariales poderosos y medios de comunicación masiva. Todos de una o de otra manera, buscan desacreditar y desestabilizar al gobierno legítimo de Andrés Manuel López Obrador. Su intención es clara, impedir a toda costa que siga adelante con las reformas que han acabado con negocios multimillonarios de la élite rapaz que durante décadas se enriqueció al amparo del poder público.

 

Para nadie es un secreto que la vieja clase política, formada por el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional, hizo negocios muy rentables que crearon enormes fortunas privadas a costa de la pobreza, la marginación y la exclusión de millones de mexicanos. Saquearon el erario como si fuera propiedad de quienes estaban al frente de las instituciones, es decir, tenían una visión patrimonialista del Estado que les hacía pensar que lo público era patrimonio privado de quienes estaban al frente de las instituciones públicas. Practicaron el chayote, el amiguismo, el nepotismo y el compadrazgo como mecanismo para repartir cargos públicos como si fuera un botín conquistado por piratas. Esas prácticas no son otra cosa que el reflejo de la cultura política autoritaria que prevaleció en el antiguo régimen por décadas.

 

Si pensamos en el gobierno de AMLO a la luz de la teoría de los golpes blandos, podemos afirmar que han echado a andar las dos primeras etapas de su guerra de baja intensidad, o como también se le ha denominado Métodos de la Acción Política Noviolenta. Es evidente que la derecha se ha esforzado por promocionar el descontento a través de potencializar problemas como la inseguridad, la criminalidad y el desabasto de medicamentos y combustibles. Hacen gala de sus prejuicios ideológicos al descalificar al gobierno federal de socialista y estar al servicio de potencias extranjeras. De igual forma, acusan que no hay libertad de expresión, que existe una violación sistemática de sus derechos humanos y que se han restringido las libertades civiles; todo ello gracias a que existe un gobierno totalitario encabezado por un dictador comunista. Y así podríamos seguir escribiendo sobre las falsas acusaciones que se hacen sobre AMLO y la Cuarta Transformación. Lo que queremos dejar como algo evidente, es que esa derecha golpista puede parecer una mala broma, pero no debemos subestimarla. En ella claramente existe un gran odio hacia lo popular y todo lo que esto representa, y un enorme fanatismo que raya en la locura. En ella es clara la semilla del neofascismo.

En fin, podríamos numerar las acusaciones que la derecha golpista hace sobre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, lo cual nos daría para un tomo entero. Sin embargo, lo que queremos dejar claro para terminar con el tema, es que en la izquierda lopezobradorista es bienvenida la oposición, claro, como corresponde a toda auténtica democracia donde coexisten oponentes con un patrimonio común: la democracia como forma de organización política. Pero abogamos por una oposición inteligente, culta, ideológicamente fuerte y que represente un desafío para nosotros; mientras mejores sean nuestros oponentes, tendremos mayor obligación de mejorarnos a nosotros mismos. Queremos adversarios que despierten y fortalezcan nuestras habilidades de combate político, ideológico, discursivo, organizacional y de innovación para crear nuevos proyectos que se construyan sobre las bases de lo que creemos debe ser la Cuarta Transformación: una nueva República con cimientos sólidos. 

 

SIN REPROGRAMACIÓN DEL ESTADO NO HAY CUARTA TRANSFORMACIÓN

Cuando hablamos de programar nos referimos a hacer un plan, una planificación con respecto a algo. Podemos programar nuestro día de trabajo y establecer lo que haremos, el tiempo en que ejecutaremos cada actividad y hasta los recursos que vamos a necesitar para que nuestra planificación funcione. También hacemos planes sobre nuestras vacaciones, a dónde vamos a ir, en qué medio de transporte, dependiendo del lugar el tipo de ropa que vamos a usar, cuánto tiempo estaremos fuera y cuánto nos va a costar. Incluso hacemos planes de vida que no siempre resultan como habíamos pensado, y esto sucede porque planificamos con poca información y sin experiencia, pero con mucha buena voluntad, muchos deseos de una buena vida y con enormes sueños. Sin embargo, no todo son buenos deseos ni buena voluntad; se requiere de una programación bien diseñada para aspirar a lograr nuestros objetivos.

 

En el caso de la administración de un país no es diferente, pero sí es mucho más complejo. Se torna más complicada la programación de presupuestos, personal, recursos de diferente índole y todo un conjunto de insumos y suministros que le son proveídos al Estado para que éste cumpla con su función fundamental, dar seguridad en todo sentido: seguridad social, pública, económica, jurídica, etc.

 

Programar es planificar, y entendemos por ambos conceptos como las funciones de pensar y diseñar antes de ejecutar algo. Cuando hacemos planes establecemos objetivos, metas, líneas de acción y calculamos qué es lo que vamos a necesitar en términos de recursos materiales, humanos, financieros y de cualquier otra índole para cumplir con nuestros objetivos y que nuestros planes se vean materializados de forma eficiente, eficaz y sin exceder los límites de nuestra propia programación. Planificar es hacer uso de los recursos que tenemos a nuestra disposición de forma ordenada, coherente y transparente y, aún todavía más importante, de forma honesta y sin una “visión patrimonialista de lo público”.

 

Por “visión patrimonialista de lo público” entendemos que hay servidores públicos que piensan que el cargo público que les ha sido confiado les pertenece. Este es uno de los mayores actos de corrupción, entendido este como toda aquella acción u omisión cometida por cualquier servidor público, electo o designado, para obtener un beneficio personal y/o colectivo, que vaya en detrimento de las instituciones públicas y de la cohesión social, y que erosione los ámbitos de la vida económica, del medio ambiente, de la seguridad pública, del régimen político y cualesquiera otros que estén pensados y diseñados para el bienestar del pueblo.

 

Esta visión les hacer contar con un conjunto de características muy propias de lo que ha sido la Administración Pública en México:

 

  1. Apropiación de bienes públicos no sólo materiales, sino abstractos como lo son las leyes y los derechos. Los servidores públicos con una visión patrimonialista, merman la posibilidad del ejercicio del Estado de Derecho (acceso a la justicia, por ejemplo) y del ejercicio de los derechos consagrados en la Constitución y en las Leyes en general. Apropiarse de lo intangible como son los derechos, la justicia y la libertad, por medio de actos de corrupción, crea desconfianza de la gente hacia el aparato público y por ello se tiene la creencia de que las instituciones públicas son corruptas, ineficientes y que sólo se accede a la justicia y a los derechos por medio del soborno y los compadrazgos. Se concibe a lo público como sinónimo de corrupción como una forma de acción constante, donde existen complicidades y apropiación no sólo de lo público material, sino de lo público intangible. De este hecho se derivan las siguientes consecuencias:
  • Creer que el cargo público es de su propiedad. Los servidores públicos en los que está latente la vena de la corrupción, piensan lo público como parte de su patrimonio, como lo son los bienes muebles e inmuebles y que, por lo tanto, pueden disponer de él con absoluta discrecionalidad;
  • Manejo de los recursos públicos para beneficio personal y de grupo. Esta visión hace de lo público algo privado y se dispone de recursos materiales, humanos y financieros para cuestiones personales o de camarilla en beneficio de unos cuantos. Es una orientación de las acciones gubernamentales que se alejan del interés público y es uno de los actos más característicos de la corrupción, entendida esta como el abuso de una posición de toma de decisiones, dentro del ámbito público en complicidad con entes públicos y/o privados, para obtener un beneficio privado personal y/o colectivo en perjuicio de las instituciones públicas y de confianza que se tiene en las instituciones del Estado;
  • Individualismo y egoísmo como rasgo fundamental de la personalidad. La visión patrimonialista de lo público tiene como uno de sus rasgos distintivos el individualismo y el egoísmo exacerbado. Se piensa que mientras uno esté bien en términos de seguridad económica, aunque sea por actos de corrupción, los otros pueden esperar y;
  • Desconocer la normatividad a la que están sujetos los servidores públicos. Ya sea porque no hay un proceso de inducción al puesto que les instruya sobre cuáles son sus responsabilidades y atribuciones, o simplemente porque poseen una “cultura laboral” del “empirismo burocrático” donde se aprende sobre la marcha y donde la curva de aprendizaje puede ser muy larga (puede durar años y esto va en detrimento de lo público y de los objetivos que persigue).

 

Lo anterior es un reflejo de una cultura política que ha sido la constante de la Administración Pública en México y que, lamentablemente, aún continua muy presente y arraigada en la actualidad a pesar de los intentos de la Cuarta Transformación por acabar con esas prácticas y con esa visión de lo público. De ello se desprende la necesidad de reprogramar al Estado en México.

 

Decíamos que programar es sinónimo de planificar, pues bien, si en nuestro país habíamos tenido una Administración Pública Federal pensada y diseñada desde el punto de vista estructural (organizacional-administrativo) para ser usada con una visión patrimonialista, hoy se busca que sea todo lo contrario. Desde el Poder Ejecutivo Federal, se pretende que lo público realmente sea público y en beneficio de los más vulnerables y de quienes más necesitan el apoyo de las instituciones gubernamentales.

 

Reprogramar al Estado en México significa resarcir los daños que ha dejado una casta política privilegiada que durante décadas se olvidó que su función era gobernar en beneficio de todos, no sólo de los más ricos ni de una élite empresarial y política. Esa gubernamentalidad neoliberal a lo que nos ha llevado es al crecimiento de la pobreza, de la marginación y a la exclusión de los bienes públicos a millones de personas. Es la que creyó que la solución a todos los problemas era la privatización de los bienes públicos nacionales como la industria petrolera, la energética, la de telecomunicaciones o la de los ferrocarriles, en pocas palabras, los bienes estratégicos de la Nación. Es la élite que nos vendió la idea de que, como los empleos estables, con amplias prestaciones sociales y bien remunerados eran cosa del pasado, pues que ahora cada quien debía buscar sus propias formas de obtener ingresos con la falsa y aberrante idea del llamado “emprendedurismo”. Concepto acuñado hoy en día por los más files defensores del libre mercado. Lo que no nos dijeron sobre este “emprendedurismo”, o lo que es lo mismo, “sálvese quien pueda”, era que la mayoría de las “empresas” creadas bajo este esquema estaban destinadas al fracaso. No nos advirtieron que esos micro-changarros estaban destinados a ir directamente a la economía del sótano neoliberal, condenando a vivir al día y sin prestaciones sociales a quienes pudieran sacar adelante sus mini-negocios.

 

En fin, la lista de los daños económicos y sociales que ha dejado el neoliberalismo en México es inmensa. Ahora lo que debemos pensar, planificar e implementar es cómo reorganizamos lo público (reprogramación del Estado, y por Estado no sólo nos referimos al Poder Ejecutivo, sino al Legislativo y al Judicial también) para que la transformación de la vida pública de México sea un hecho. Estamos obligados quienes creemos en un México honesto y de derechos es posible, a reconfigurar las estructuras del Estado y así evitar que las burocracias disfuncionales exacerben todavía más la desigualdad. Hoy el reto está en delinear estrategias en términos estructurales y de diseño organizacional de cómo debe ser el nuevo aparato público, es decir, como debe estar organizada la Administración Pública para que esté al servicio de la gente y genere bienestar. Ya que hasta el momento la Administración Pública ha sido percibida como una gran generadora de desigualdad, ya que:

Nuestros encuentros con burócratas indiferentes, formalistas y hasta corruptos indican problemas estructurales dentro del sistema administrativo de México y de países similares. La inhabilidad para proveer a los ciudadanos un acceso equitativo a derechos y beneficios públicos es parte del diseño de un sistema administrativo que se desarrolló durante el régimen autoritario, en el que la prioridad no era la satisfacción o el bienestar de los ciudadanos, sino el control y la estabilidad políticos. Es, en muchos aspectos, un sistema que nunca fue diseñado para ser “burocrático” en el sentido original weberiano de la palabra. La “experiencia burocrática” mexicana, en lugar de ser impersonal y predecible para los ciudadanos, está casi siempre plagada de arbitrariedad, opacidad y desconfianza[9].

 

Siguiendo con esta idea, si muchos de nuestros problemas del ámbito público están relacionados con los diseños estructurales del aparato burocrático, se hace indispensable un rediseño del mismo. Este anquilosamiento de las estructuras organizativas del aparato del Estado Mexicano es lo que el Presidente ha denominado el “elefante reumático”. Este elefante se ha vuelto (o tal vez siempre haya sido) lento, ineficiente, burocrático y corrupto, de ahí la imperiosa necesidad de poner de pie al elefante, echarlo a caminar y luego hacerlo correr para que cumpla con su función.

 

Pero no todo está en el diseño de las estructuras del aparato administrativo, también está íntimamente relacionado con servidores públicos sin vocación de servicio y que, sin entender lo que es “lo público” (de ahí su visión patrimonialista), se dedican más a cuidar un puesto de trabajo que consideran de su propiedad, por medio de una cultura laboral servil e ineficiente, y no por medio de la idea de hacer un trabajo eficaz que dé resultados. Es por ello que, como parte de la reprogramación tan necesaria del Estado en México, de sus estructuras organizativas, de la cultura laboral y de lo que es la visión de lo público, debemos enfocar la Carta Transformación en diversos aspectos que van a la par de lo que se ha denominado “la revolución de las conciencias”. Estos aspectos creemos que pueden ser:

 

  1. Una transformación profunda en la forma en que está organizado el aparato administrativo, es decir, desburocratizar a la burocracia. Hacer los trámites y los procesos tanto internos como externos muchos más cortos y con el uso de tecnología. Es una nueva ingeniería sobre los procesos, los procedimientos y las técnicas administrativas para que sean ágiles y transparentes.
  2. Para llevar a cabo lo anterior, se hace indispensable el derecho a la capacitación como un derecho en materia laboral para los servidores públicos. Con esto, estamos pensando que cada dependencia y entidad de la administración pública en cualquier orden de gobierno, esté obligada a hacer diagnósticos de las necesidades de capacitación, educación y formación de quienes tienen un encargo público, y que vaya acorde al puesto que se desempeña.
  3. Repensar y reestructurar la cultura laboral, los métodos de trabajo, las relaciones laborales (incluyendo a los sindicatos), los principios y valores de los servidores públicos. Aquí es donde se hace indispensable una nueva visión de lo público y acabar con la visión patrimonialista.
  4. Separación tajante de lo económico-empresarial de lo público-gubernamental. Este divorcio entre lo económico y lo político se hace indispensable en la reestructura del Estado, ya que, por décadas, vimos cómo el poder económico se anteponía (el dinero de una élite minoritaria) sobre el poder político (lo público y, por lo tanto, el interés de la mayoría). Este amasiato perverso generó una casta de unas cuantas familias muy privilegiadas que han acaparado la riqueza en detrimento de la mayoría empobrecida.
  5. Dar valor a lo público por medio de la confianza, la capacidad gubernamental y los buenos resultados que generan bienestar. Aquí se requiere de la educación tanto de servidores públicos como de ciudadanía en general para que entendamos que los bienes públicos son de propiedad colectiva y que, por lo tanto, cualquier cosa que vaya en detrimento de lo público nos afecta de una u otra forma en el ámbito de la vida privada.

En otras palabras, necesitamos pasar de lo que la gente comúnmente percibe como una burocracia ineficiente y corrupta que genera desconfianza, a una burocracia eficiente, honesta y con principios que genera confianza, seguridad y certeza. Esta es la idea central de reprogramar al Estado, una buena reprogramación, planificación o como quiera que se le denomine, es fundamental para mejorar las condiciones de vida del pueblo, de los servicios públicos, de la oferta y creación de nuevos empleos bien remunerados y con prestaciones sociales, mejora en los contenidos educativos para construir ciudadanía, honesta, responsable, ética y con una visión de país solidaria y empática. 

[1] Tocqueville, Alexis de. El Antiguo Régimen y la Revolución, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, p. 31.

[2] Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, Editorial Porrúa, Colección “Sepan Cuantos…”, Número 191, México, 2007, p. 19.

[3] Heller, Agnes y Ferenc Feher. Anatomía de la Izquierda Occidental, Ediciones Península, Barcelona, 1985, p. 45.

[4] Facultades constitucionales y metaconstitucionales del presidencialismo mexicano: a) el debilitamiento del Poder Legislativo; b) la integración de la Suprema Corte de Justicia por elementos políticos que no se oponen a los asuntos en los que el Presidente tiene interés; c) la marcada influencia en la economía a través de mecanismo como el banco central, los organismos descentralizados y las empresas de participación estatal, así como las amplias facultades en materia económica; d) la institucionalización del ejército, cuyos jefes dependen de él; e) la fuerte influencia en la opinión pública a través de los controles y facultades que tiene respecto a los medios masivos de comunicación; f) la concentración de recursos económicos en la federación; g) amplias facultades constitucionales y extraconstitucionales, como son la facultad de designar a su sucesor y a los gobernadores de las entidades federativas, la determinación de todos los aspectos internacionales en los cuales interviene el país, sin que exista ningún freno en el Senado; h) el gobierno directo de la región más importante del país: el Distrito Federal, e i) un elemento psicológico, que en lo general se acepta su papel preponderante sin cuestionarlo. Carpizo, Jorge, El presidencialismo mexicano, Editorial Siglo XXI, México, 2004.

[5] Así lo expresó AMLO: “Llevan los dirigentes de Morena, de mi partido -aunque yo tengo licencia porque soy presidente- no sé cuánto tiempo sin resolver lo de la dirigencia, como más de un año y enfrascados en pleitos y todo. Y se hacen las encuestas y se le pregunta a la gente: si fuesen las elecciones ¿por qué partido votarías? y ese partido está hasta arriba; o sea, es mucho pueblo para tan poco dirigente, con todo respeto, porque no hay dirección, hay un desbarajuste”. https://julioastillero.com/morena-es-mucho-pueblo-para-tan-poco-dirigente-amlo/

[6] Tenzer, Nicolas. La sociedad despolitizada, Paidós, Barcelona, 1992, pp. 237-238.

[7] Nada más falso que esto. Las desigualdades pueden corregirse y son la esencia del Evangelio como lo ha dicho el propio Papa Francisco, “Seremos juzgados según nuestra relación con los pobres. Cuando Jesús dice: “a los pobres siempre los tendréis con vosotros”, dice: “yo estaré siempre con vosotros en los pobres, presente en ellos”. Este es el centro del Evangelio, y seremos juzgados por esto” y que Andrés Manuel López Obrador ha replicado: “El Papa Francisco ha dicho que ayudar a los pobres no es comunismo, es el centro del Evangelio”. https://regeneracion.mx/atiender-a-los-pobres-esencia-de-evangelios-cita-amlo-a-francisco/

[8] https://guevarista.org/blog/notas-de-opinion/3-gene-sharp-y-su-teoria-de-golpes-blandos.html

[9] Rik Peeters y Fernando Nieto Morales, Editores. La máquina de la desigualdad. Una exploración de los costos y las causas de las burocracias de baja confianza, CIDE-COLMEX, Colección Gobierno y Políticas Públicas, México 2020.

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